lunes, 9 de marzo de 2026

La Cincomarzada y nuestra alianza con el Partido Carlista de Aragón.



"La Cincomarzada y nuestra alianza con el Partido Carlista de Aragón."

Y otra Cincomarzada suspendida por las previsiones meteorológicas. La Cincomarzada, esa extraña fiesta popular zaragozana, organizada por la FABZ con la colaboración del Ayto., que conmemora la derrota militar de la ofensiva carlista que atacó Zaragoza en 1838. Bueno, no tan extraña, porque desde antiguo, las campañas militares se iniciaban en el mes de marzo, el mes de Marte, el dios de la guerra: los labradores ya han sembrado el cereal y no vuelven ser imprescindibles en el campo hasta la cosecha de junio, mes dedicado a Juno, la diosa de la fertilidad, también de la fertilidad de las cosechas, claro. No pensemos por tanto que los carnavales de febrero y las romerías de mayo son fechas escogidas al azar. El General Cabrera empezó, pues, una campaña militar en una fecha propicia, como ya era una tradición inmemorial hacía dos mil años.

Aquellas guerras civiles llamadas carlistas se recuerdan como el empeño de los tradicionalistas por parar el curso de la Historia, oponiéndose al progreso personificado por los liberales. Bueno sí, en parte. Pero en 1838 las cosas no eran tan sencillas; aunque es cierto que en buena parte de Aragón acabar con el tradicionalismo era acabar con el feudalismo, como en la ciudad de Zaragoza, donde en 1840 los mismos que habían expulsado a los carlistas dos años antes constituyeron la Junta Revolucionaria que impulsó el fin del pago de los viejos impuestos feudales e impulsó la construcción del nuevo Estado Liberal; pero en el Maestrazgo, el Bajo Aragón y otras comarcas aragonesas, el liberalismo significaba la privatización de los comunales y la destrucción de la economía rural: esa gente era la base social del carlismo, que no fue una mera conspiración monárquica legitimista, sino también un auténtico movimiento popular y campesino, de quienes veían desaparecer con el capitalismo sus medios de subsistencia y su modo de vida.

Tras décadas de guerras civiles, en 1875 se restauró la monarquía borbónica en la línea isabelina y los carlistas quedaron relegados a un grupo de nostálgicos, católicos integristas y refractarios a toda reforma liberal, o esa era la imagen que se proyectaba desde la Villa y Corte, organizados en la Comunión Tradicionalista; pero que mantenía un cierto apoyo popular, en el recuerdo de lo que fueron las tierras comunales, los fueros, auténticas constituciones políticas, y la vieja vida en comunidad, arrostrado todo ello por un capitalismo cada vez más salvaje y que sólo daba como alternativa al campesino pobre la proletarización en la ciudad o la miseria en el pueblo; un capitalismo representado políticamente por un caciquismo rural o burgués, tiránico, clientelista y plutócrata, tal y como en esos años lo describió Joaquín Costa, por otro lado.

La Comunión Tradicionalista dio su apoyo al Golpe del 18 de julio y a los militares alzados, y el pretendiente carlista, Javier de Borbón-Parma, declaró desde el principio que confiaba en que un gobierno militar pusiese orden en España – y evitase los ataques a conventos, iglesias y religiosos, puesto que la convicción católica estaba muy presente entre sus partidarios- y luego se resolviese la cuestión del Régimen político. Pero para los fascistas, el carlismo no era ya más que una reliquia del pasado, un grupo de viejos gruñones que lo único que podían hacer era integrarse en el nuevo partido único que se estaba pergeñando desde la Junta Militar. Javier de Borbón-Parma se opuso al Régimen de Partido Único y fue expulsado de España en 1937.

El periplo del pretendiente carlista es largo: se alista en el ejército belga, combate en la guerra contra Alemania, pasa a Francia, colabora con la resistencia dando soporte a huidos de los nazis, trabaja para el servicio secreto inglés mediando con Pétain … hasta que la Gestapo lo detiene, no lo fusila por intercesión del mismo Pétain pero lo manda de un Campo de Concentración a otro hasta que es liberado en Dachau en mayo de 1945.

Javier nunca renunció a sus principios tradicionalistas, pero para Franco no será más que el “líder extranjero de un grupúsculo tradicionalista, excluido del Movimiento desde primera hora y colaborador de los Aliados en la pasada Guerra Mundial”. Y en parte razón no le faltaba, pero entonces apareció el “cisne negro” que nadie esperaba, una oportunidad para el carlismo: el Concilio Vaticano II y su “aggiornamento” de la Iglesia que llevó a una parte del carlismo a buscar una salida al atasco en el que se encontraba, ubicados a la vez dentro y fuera del franquismo: a replantearse ese tradicionalismo que había quedado ya para los recalcitrantes curas que seguían dando misa en latín dando la espalda al Pueblo. Carlos Hugo, hijo y heredero de Javier tomó el relevo, volvió clandestinamente a España en los años 60 y con identidad falsa se contrató de minero en Asturias, tras vivir con la gente corriente decidió, junto a sus colaboradores, romper con el nombre de Comunión Tradicionalista y volver a la denominación histórica. Así refundó el Partido Carlista, dotándolo en 1972 de una idea socialista autogestionaria, muy acorde con la base del movimiento, aconfesional y sin ningún tipo de pretensión dinástica y reclamando para “los Pueblos de las Españas” sus propias identidades, libertad y democracia.

A la muerte de Franco, el carlismo era un movimiento social sólido, antifranquista, de carácter popular y socializante, con amplia base en Euskal Herría. Por ello el atentando organizado por el Estado durante el festejo carlista de Montejurra de 1976, con dos asesinados y decenas de heridos, tuvo como objetivo su desarticulación, como el hecho de que no pudiese presentarse con su nombre en las Elecciones Constituyentes de 1977, ya que Adolfo Suárez no autorizó su legalización como partido político.

Pero no sólo en Euskal Herría, para entonces también en Aragón toda la izquierda consideraba al Partido Carlista como un actor político democrático legítimo, que desde hacía años publicaba una revista “Esfuerzo Común”, a la que en plan somarda se le conocía como “Secuestro Común”, porque no era raro que el Gobernador Civil de turno prohibiese su difusión o sea el secuestro de sus ejemplares por la policía, con las correspondientes multas. Así el Partido Carlista vino participando en las manifestaciones democráticas y autonomistas desde el primer momento, formando parte de la la Coordinadora Democrática o “PlataJunta” organismo unitario de todas las fuerzas democráticas y antifranquistas. Formó también coalición con el Movimiento Comunista de Aragón (MCA) constituyendo el Frente Autonomista de Aragón presentando lista en 1977, sacando casi 5000 votos en Zaragoza.

Pero el Partido Carlista y su discurso autogestionario no cuajaron, fracasó electoralmente y quedó como un grupo cada vez más desconectado de la vida política, sin embargo aún tuvo un momento de actividad pública en 1986, cuando el movimiento anti-OTAN, tras la derrota en el Referendum, decidió organizar una alternativa política, siendo una de las fuerzas fundadoras de una coalición que se llamó Izquierda Unida, en la que participó el Partido Carlista, pero de la que fue excluido posteriormente.

Si preguntas a los carlistas más veteranos te dirán que el PCE les dijo que no los querían porque “daban mala imagen”, hay quien piensa sin embargo que con la aprobación de la Ley de Financiación de Partidos Políticos, en julio del 87, y la trasformación de IU en una Federación de Partidos, al PCE le sobraban socios con los que tener que repartirse el dinero público.

Por otro lado Estau Aragonés, refundado en 2006, llevamos desde 2016 proponiendo la Compleganza de todos los soberanistas aragoneses para la constitución de una alternativa electoral, de carácter nacional aragonés y amplia base social, sostenida en un acuerdo programático realista al servicio del Pueblo.

Así que sólo era cuestión de tiempo que nos encontrásemos en el camino con el Partido Carlista de Aragón.

Comprendemos que en 1981 tal vez pareciese buena idea entre las fuerzas democráticas recuperar una vieja fiesta liberal prohibida por el franquismo, y que no se le diese demasiada importancia a que conmemorase una victoria en una batalla militar entre aragoneses. Hoy chirría.

Por otro lado, proponemos que el Día de Europa, el 9 de mayo, sea declarado fiesta local en la ciudad de Zaragoza, no tiene porqué sustituir a la Cincomarzada, podría también sustituir a San Valero, después de todo igual te puedes comer el roscón aunque no sea fiesta; igual que se hace la Procesión del Corpus, que no es fiesta, pero durante siglos fue la verdadera Fiesta Mayor de la ciudad. En cualquier caso, si queremos mantener el modelo de fiesta popular, con las barras y puestos de propaganda de las asociaciones, en mayo hace mejor tiempo que en marzo. Que por eso, recordemos, las romerías son desde tiempos inmemoriales también en mayo, justo antes de la cosecha.

Por todo ello la gente de Estau Aragonés consideramos que no tiene mucho sentido celebrar la derrota del General Cabrera al menos no más que celebrar la fecha de santoral del Patrón de la Ciudad; por el contrario consideramos que la fecha más adecuada para realizar una fiesta ciudadana, comunitaria, alegre y popular, que una a todos los zaragozanos y zaragozanas, es la que coincide con la derrota del Tercer Reich y el inicio de la construcción de la Unión Europea. El 9 de mayo, Día de Europa.

Rafel Fleta

Presidente de la Asamblea de Estado Aragonés en la Ciudad de Zaragoza.